Atlético Tucumán no pierde afuera por azar ni por un designio inevitable. Lo que le ocurre lejos del Monumental tiene forma de repetición, de círculo que se cierra siempre del mismo modo. Cambian los nombres, varían los esquemas, se ensayan movimientos nuevos, pero el desenlace vuelve a parecerse demasiado al anterior. Como si estuviera condenado a empujar una ilusión cuesta arriba para verla rodar hacia el fondo una vez más.
Esa sensación encuentra un espejo perfecto en la mitología griega, en la figura de Sísifo, el rey condenado por los dioses a empujar una enorme piedra cuesta arriba durante toda la eternidad. Cada jornada parecía distinta, pero el final era invariable: cuando la roca estaba por llegar a la cima, rodaba hacia abajo otra vez.
El Atlético visitante se parece demasiado a esa escena.
Cada salida fuera del Monumental arranca con ilusión renovada. Hay plan, hay orden táctico, hay momentos en los que la piedra parece avanzar con firmeza. El equipo compite, resiste, por tramos controla. Empuja. Empuja fuerte. Pero cuando la cima asoma en el horizonte —cuando el empate parece negocio o el partido está al alcance— aparece el error, la desatención, el detalle mínimo que cambia todo. Y la roca vuelve a rodar montaña abajo.
En Córdoba, el equipo de Hugo Colace volvió a vivir esa escena.
El entrenador movió las piezas en el comienzo de esta seguidilla cordobesa. Renunció a su cómodo 4-3-3 y sostuvo el 4-4-2 que había estrenado ante Estudiantes de Río Cuarto, aquella noche del 4 a 0 que invitó a creer que algo se había acomodado definitivamente. Esta vez repitió la estructura ante Belgrano, con Lautaro Godoy y Carlos Abeldaño en ataque. La lesión de Leandro Díaz obligó a incluir a Godoy, quien terminó siendo lo más sólido en ofensiva, el único capaz de sostener la roca unos metros más.
Pero el problema no fue el dibujo en el pizarrón, sino lo que ocurrió en los últimos metros.
Si hubiera que definir lo que mostró Atlético en Córdoba, la expresión más ajustada sería anemia ofensiva. El equipo llega hasta la puerta del área con cierta claridad. Renzo Tesuri rompe líneas, se anima, construye. La jugada avanza con lógica… y allí se apaga. Se enreda, se diluye y desaparece. Como si la cima estuviera demasiado lejos cuando aparece el momento de definir.
La escena más nítida del primer tiempo fue también la más cruel: centro preciso de Leonel Di Plácido y Tesuri entrando libre, con tiempo y espacio. El remate buscó el ángulo y se fue apenas afuera. Fue la postal perfecta de lo que podría ser y no es. La piedra cerca de la cumbre… y otra vez hacia abajo.
La defensa tampoco ofreció garantías. Di Plácido tuvo una noche floja y sufrió en su sector. A los 38 minutos llegó el primer golpe: tiro libre, rebote sin dueño y Emiliano Rigoni en el lugar exacto para marcar el 1 a 0. Atlético, como tantas veces, obligado a correr desde atrás.
En el complemento, Colace intentó alterar el destino. Ingresó Manuel Brondo por Javier Domínguez y el equipo mutó hacia una especie de 4-2-4, con Nicolás Laméndola más adelantado. Era una apuesta audaz: empujar con más fuerza, acelerar la subida. Pero en estas montañas cualquier descuido se paga.
Lucas “Chino” Zelarayán dibujó un pase brillante y dejó a Nicolás “Uvita” Fernández de frente al arco. El segundo golpe fue un mazazo. Luis Ingolotti nada pudo hacer. El equipo quedó partido, expuesto, sin equilibrio. Sísifo empujando sin base firme bajo los pies.
A los 59 minutos hubo nuevas modificaciones: salieron Godoy y Laméndola, ingresaron Ezequiel Ham e Ignacio Galván. Tesuri se movió a la derecha, Galván a la izquierda. En defensa regresaba al 4-4-2; en ataque se desordenaba en busca de algo que nunca apareció. La estructura cambiaba, pero la pendiente era la misma.
A los 77 minutos, Rigoni volvió a golpear y marcó el tercero. El partido quedó sentenciado. Antes, Colace había decidido el ingreso de Martín Benítez por Di Plácido. Cuesta descifrar qué buscaba en ese instante: una chispa, un gesto de rebeldía, una última embestida contra el destino. Nada modificó el desenlace.
Cerca del final del partido, a los 89 minutos el árbitro sancionó un penal por un supuesto agarrón del arquero de Belgrano a Abeldaño. Dudoso, discutible, cobrado al fin y al cabo. Benítez se hizo cargo y convirtió el 3 a 1, que solo quedó para las estadísticas
Como en la vieja condena griega, Atlético no deja de empujar. El esfuerzo está. La intención también. Pero mientras no encuentre la manera de sostener la piedra en los metros finales —equilibrio defensivo, claridad ofensiva, contundencia— la escena se repetirá.
En la historia, algunos filósofos sostienen que Sísifo encontraba sentido en el esfuerzo mismo, que su rebeldía era no dejar de empujar. Allí puede estar la clave para el Decano. Porque el castigo no es eterno si hay aprendizaje. La roca deja de ser condena cuando se modifica la forma de subirla: cuando se corrigen los apoyos, cuando se refuerza la base, cuando se deja de repetir el mismo movimiento esperando un resultado distinto.
Atlético no está condenado por los dioses. Está atrapado en una repetición. Y las repeticiones, en el fútbol, se rompen con decisiones valientes y ejecuciones precisas.
La piedra volverá a estar al pie de la montaña. La cuestión es cuándo dejará de rodar hacia abajo

