Tenía apenas cinco años cuando le dijeron que su mamá no volvería. A esa edad, la muerte es una palabra ajena, pero la ausencia se vuelve concreta. Dos décadas después del crimen de Paulina Lebbos, su hija Leticia Nieva reconstruye una historia atravesada por el dolor y por una pregunta que sigue sin respuesta: quién la mató y por qué.
Desde Río Negro, provincia en la que decidió rehacer su vida junto a la mujer que eligió como madre adoptiva, Leticia ofrece un testimonio íntimo que vuelve a poner en primer plano una causa que, pese al paso del tiempo, continúa sin una resolución definitiva que cierre todas las heridas.
Una infancia marcada por la ausencia
El asesinato de Paulina Lebbos conmocionó a Tucumán y se convirtió en uno de los casos más emblemáticos de la provincia. Pero detrás del expediente judicial y de los años de marchas y reclamos, hubo una niña que creció sin su madre.
Leticia atravesó su niñez y adolescencia con la historia de ese crimen como telón de fondo permanente. La exposición pública, las idas y vueltas judiciales y la sensación de impunidad moldearon su identidad en silencio, lejos de los tribunales pero siempre ligada a ellos.
La búsqueda que no termina
A 20 años del hecho, la demanda de justicia permanece intacta. Leticia no solo habla desde el recuerdo, sino también desde la necesidad de verdad. Saber qué ocurrió aquella noche y quiénes fueron los responsables sigue siendo, para ella, una deuda abierta.
Su testimonio no es solo una reconstrucción personal; es también un recordatorio de que el caso Lebbos continúa interpelando a la sociedad tucumana. Porque mientras no haya respuestas completas, la historia seguirá escribiéndose desde la ausencia.
El 26 de febrero de 2006 marcó el inicio de una ausencia que definió su infancia. Leticia recuerda que ese día se encontraba en la casa familiar, donde vivía con su abuela, sus tías y su madre. Tras la desaparición de Paulina, su entorno decidió resguardarla en la vivienda de una prima ante la presencia constante de medios, pericias y policías en el domicilio. La escena más vívida llegó cuando hallaron el cuerpo: sus tías entraron llorando a la habitación y su abuela le confirmó, con un gesto afirmativo, que su madre no regresaría. Aunque inicialmente creyó que volvería, terminó comprendiendo la dimensión de la muerte, un concepto que, según explicó, su abuela ya le había enseñado desde pequeña debido a su propia enfermedad.
Los recuerdos directos de su madre son escasos y, en gran parte, reconstruidos a partir de fotos, escritos y relatos familiares. En una entrevista concedida a La Gaceta, la joven evoca momentos en la Facultad de Filosofía y Letras, juegos en el parque y escenas cotidianas en las que compartían bailes o comidas. La fuerte ligazón afectiva quedó, sin embargo, fragmentada por el trauma que siguió al crimen y por la corta edad que tenía entonces.
El golpe emocional se profundizó un año después con la muerte de su abuela, lo que provocó una ruptura definitiva del núcleo familiar. Criada luego por sus tías, inició desde muy chica tratamientos psicológicos que la ayudaron a reconstruir su historia, mientras crecía su necesidad de comprender el caso. Leía diarios, buscaba documentos y hallaba declaraciones que, con el paso del tiempo, le permitieron dimensionar la brutalidad del hecho. Al mismo tiempo, el parecido físico con su madre —especialmente su cabello rizado— alimentaba temores personales y la sensación de reflejarse en la víctima.
El seguimiento mediático del caso también tuvo un impacto profundo. Leticia relató que escuchaba constantemente referencias a cómo había quedado el cuerpo de su madre y a la violencia sufrida, lo que la hacía sentirse a la vez espectadora y víctima. Para ella, el proceso judicial fue difícil de entender por su complejidad, las múltiples hipótesis y los cambios de fiscales. Aún hoy, asegura, la angustia central reside en no saber qué ocurrió realmente y por qué fue asesinada Paulina, en un contexto en el que —según sostiene— se borraron pruebas y existieron maniobras de encubrimiento eficaces.
Durante la infancia y la adolescencia buscó constantemente una figura materna que compensara la ausencia. Fue criada mayormente por adultos y atravesó crisis emocionales marcadas por soledad, ansiedad, ataques de pánico y episodios de autolesión.
En ese período encontró contención en docentes de la escuela secundaria y en la danza, disciplina a la que dedicó muchas horas. Entre esas educadoras conoció a quien hoy considera su madre adoptiva, vínculo que se consolidó a partir de la escucha y el acompañamiento emocional que ella necesitaba.
La experiencia personal la llevó a comprometerse con la defensa de los derechos de las mujeres y con la visibilización de las víctimas de violencia de género, en especial de los hijos que quedan desamparados tras los femicidios. Según planteó, muchas veces los agresores pertenecen al entorno íntimo de las víctimas, una realidad que considera transversal a numerosos casos y que, afirmó, también atraviesa el de su madre.
Al alcanzar la mayoría de edad, Leticia asumió un rol activo en la causa y participó como querellante en el juicio contra el ex fiscal Carlos Albaca, con el acompañamiento de la abogada Soledad Deza y de la fundación Mujeres por Mujeres. Destacó que ese proceso le permitió comprender la responsabilidad estatal en la investigación y le otorgó tranquilidad que la acusación estuviera a cargo de una defensora de los derechos de las mujeres.
A pesar de los avances judiciales parciales, mantiene la convicción de que existió una red de encubrimiento destinada a proteger a personas de poder. Considera que las condenas dictadas en distintos procesos evidencian esa maniobra y sostiene que aún resta conocer quiénes fueron los responsables directos. Espera que los principales imputados, entre ellos César Soto —a quien identifica como su padre— y Sergio Kaleñuk, comparezcan y den su versión de los hechos sin mentiras ni ocultamientos.
La dimensión personal del caso se complejiza al tener que asumir que uno de los acusados es su propio padre. Señala que encontró cartas de su madre en las que ella expresaba entusiasmo y amor hacia él, deseando que fuera un padre presente. Esa contradicción le resulta particularmente dolorosa y refuerza su percepción de que, además de las responsabilidades individuales, hubo un entramado mayor de protección que impidió llegar a la verdad.
Respecto de Alberto Lebbos, padre de Paulina, explicó que hoy mantiene poco contacto, aunque reconoce que su rol fue clave para mantener el caso en la agenda pública. Considera que la mediatización fue necesaria para evitar que la causa quedara en el olvido y para sostener la presión social durante años de investigación.
Leticia y Paulina
En los últimos años decidió radicarse en Río Negro, donde reconstruyó su vida lejos de Tucumán. Allí logró cambiar su apellido para reconocer formalmente a su madre adoptiva y para desprenderse del peso simbólico que implicaba llevar el apellido Lebbos en su provincia natal. Se formó como profesora universitaria en danza clásica y contemporánea y actualmente proyecta estudiar Psicología. Describe su presente como un proceso de reconstrucción personal junto a nuevas amistades y un entorno afectivo que la acompaña.
El recuerdo público de Paulina sigue siendo un componente central en su vida. Relató que la primera vez que asistió a una marcha y escuchó el nombre de su madre coreado en conjunto fue un momento conmocionante que sintió como un abrazo colectivo. También mencionó el impacto que le generó el mural en la Facultad de Filosofía y Letras y el significado simbólico de que su madre adoptiva haya sido compañera de primaria de Paulina, quien en su niñez le dejó escrito: “Te dejo mi mano para cuando la necesites”.
De cara al próximo juicio, Leticia sostuvo que lo fundamental es que los imputados digan la verdad y dejen de encubrir. Considera que la justicia deberá determinar las responsabilidades y las eventuales condenas, pero insiste en que conocer lo sucedido es lo verdaderamente justo, no sólo para ella sino para todos los que siguen el caso. Aunque admite que tal vez nunca obtenga todas las respuestas, subraya que el principal objetivo es que la causa no caiga en el olvido y que las maniobras de encubrimiento que marcaron esta investigación no vuelvan a repetirse.