En el rugby, esas seis letras se transforman en una declaración de principios. Y en una final vibrante y épica, Tucumán Rugby encarnó ese espíritu hasta el último segundo. El “Verdinegro” se impuso por 23-18 ante Natación y Gimnasia y volvió a gritar campeón del Regional del NOA después de diez años.
Fue una verdadera batalla. Desde el primer scrum hasta el silbato final, ambos equipos se vaciaron en la cancha.
Gonzalo Albornoz, tuvo la responsabilidad de abrir el marcador a los 4’. Colocó la ovalada en el tee, respiró hondo en medio del silencio y lanzó un remate certero para poner el 3-0. Estaba claro que sería una batalla reñida, en la que cada punto sumado sería clave. La ventaja solo duró cuatro minutos. Casi nada. Máximo Ledesma, figura “blanca” en las semifinales, respondió con un penal y empató el marcador. Ambas jugadas anticipaban que el combate sería parejo. Claro, ambos eran los mejores y entendían que son las emociones las que encienden estas batallas.
Sin lugar a dudas, el “Blanco” se encendió con el primer golpe dado. Como si hubiera sentido satisfacción al ver su primera pelota cruzar los palos del in-goal “verdinegro”. Eso inspiró al equipo de Pablo Bascary. El wing César Rivadeneira aceleró, rompió la marca y apoyó el primer try del partido: 8-3. Todos a abrazarse. Todos a celebrar. Pero faltaba mucho. El reloj, a veces aliado, a veces enemigo, marcaba su propio pulso. Machi Ledesma no pudo ampliar la diferencia desde un ángulo imposible, pero tuvo revancha enseguida: un penal que valió el 11-3. Natación dominaba las formaciones fijas y sostenía el control del juego.
Pero a los 24’, dio el primer susto. Jorge Domínguez armó una jugada magistral, frenada a tiempo por la defensa “blanca”. Luego, Bautista Campo interceptó una salida errática de Santiago Romano y apoyó, pero el árbitro Álvaro del Barco recurrió al TMO por un posible knock-on que anuló la acción. Era el aviso de que el “Verdinegro” había despertado. Poco después, un maul conducido por Tobías Aguilar terminó de confirmar la reacción: try y 11-8. Y, para completar el momento, Albornoz acertó la conversión para marcar el 11-10. El combate seguía abierto, y ambos todavía tenían energías para seguir luchando.
El complemento, Natación empezó a tiro: Gonzalo Terraf, imparable, superó a varios jugadores y apoyó en el in-goal el 16-10, y Ledesma anotó la conversión para estirar la ventaja a siete puntos (18-10). El “Blanco” había salido decidido a ganarlo desde el vestuario, pero el desafío era resistir, es decir, sostener esa intensidad.
Golpeado, pero jamás vencido. Así reaccionó Tucumán Rugby cuando el partido parecía inclinarse definitivamente hacia el lado “blanco”. El conjunto de Hernán Macome mostró el temple que distingue a los campeones: transformó la adversidad en impulso, el dolor en energía. Esa fue la chispa que encendió la remontada.
Gonzalo Albornoz, preciso y sereno, descontó con un penal que empezó a torcer la historia. Y enseguida, Mateo Pasquini se encargó de cambiar el rumbo del partido: tomó la pelota, vio el hueco y se lanzó en una corrida memorable para apoyar el try que puso las tablas (18-18). La reacción estaba en marcha. El “Verdinegro” ya no solo resistía: ahora dominaba el pulso emocional de la final.
Para coronar el momento, Albornoz —dueño de una puntería quirúrgica— acertó la conversión que dio vuelta el marcador: 20-18. En ese instante, Tucumán Rugby no solo se puso arriba en el resultado; también se adueñó del alma del partido.
Lo que vino luego, fueron pasajes de nervios y mucha ansiedad en ambos equipos, uno porn querer empatarlo y ganarlo al final y el otro en consumar la remontada y salir victorioso en una gran y épica final.
A los 56 minutos, Marcelo Petray vio la tarjeta amarilla y dejó a Tucumán Rugby con un jugador menos durante diez minutos. Momento clave en la final. Pero tres minutos más tarde, Tomás García, de Natación y Gimnasia, también recibió tarjeta amarilla y su equipo quedó en igualdad numérica.
Finalmente’, el intrepido Albornoz volvió a clavar la daga: anotó un penal y puso el 23-18 definitivo. A partir de entonces,, el equipo de Hernán Macome manejó los tiempos, resistió con temple y defendió cada pelota como si fuera la última. Cuando el árbitro Álvaro del Barco marcó el final, la cancha se transformó en una postal de desahogo: abrazos, lágrimas y una tribuna “verdinegra” estallando en festejo.
Diez años después, Tucumán Rugby volvió a tocar la gloria. Rompió su racha adversa en finales, exorcizó viejos fantasmas y recuperó su lugar en la cima del rugby tucumano. En el suelo quedaron los cuerpos exhaustos, pero también el testimonio más puro de lo que significa esa palabra que lo resume todo: luchar y salir victorioso.





