Hay algo casi poético en la lesión de Gastón Suso. Como si el fútbol, ese deporte que a veces parece regido por leyes místicas y deudas impagables, hubiera exigido una ofrenda a cambio de liberar a Atlético Tucumán de sus cadenas. Para que el “Decano” pudiera finalmente salir del desierto tras 464 días de sequía fuera de casa, alguien tuvo que poner el cuerpo. Y fue él, el caudillo de la defensa, quien entregó su rodilla en el césped del Monumental como un último sacrificio para que el resto pudiera festejar.
El momento, sin embargo, pasó casi desapercibido bajo la descarga de adrenalina que genera un partido de este calibre. “¡Que se levante, hay que defender la camiseta!”, se escuchaba en alguna que otra reacción en vivo de streamers “decanos”, mientras a los 68’ observaban cómo Suso se revolcaba del dolor.
En la tribuna de enfrente, el hincha de River evaluaba con cinismo la posibilidad de que el defensor estuviera “haciendo tiempo”. Pero la sospecha se disipó rápido: el impacto de Germán Pezzella sobre su rodilla había sido seco, letal. Casi sin pausa, el partido se reanudó y Luciano Vallejo saltó al campo para cubrir el hueco de un hombre que, hasta ese segundo, parecía irrompible.
El pitazo final fue una explosión de sonrisas. La alegría de dar el golpe inesperado, el alivio de romper una maldición eterna y la esperanza de usar el receso mundialista para resetear las ilusiones. Pero en medio de los festejos, ahí estaba él: moviéndose con dificultad, escoltado por los médicos, con una alegría tímida que no lograba ocultar la certeza de su mirada. Gastón, con la sabiduría que dan los 35 años, sabía que ese dolor era mucho más que un golpe.
El parte oficial
La confirmación oficial cayó como un balde de agua fría: rotura de ligamento cruzado anterior. Es la lesión más temida, un fantasma que ya se cargó a 15 jugadores en este Apertura y que no ha sido ajeno a la provincia, con los casos recientes de Nicolás Moreno, Lautaro Ovando y Kevin López en San Martín, o los antecedentes de Juan Infante y Renzo Tesuri el año pasado en el “Decano”.
Para el “Decano”, la baja es sistémica. Hasta el momento de su caída en Núñez, el zaguero había disputado todos los minutos posibles en los 16 partidos del torneo. Su salida deja un vacío que va más allá de lo táctico; se pierde el perfil zurdo (ese bien tan escaso y preciado en el mercado argentino), la solidez en el duelo aéreo y, sobre todo, la ascendencia en el vestuario.
Julio César Falcioni, en la calma de la conferencia previa a conocer la gravedad del cuadro, lo había definido con precisión. “Gastón es un jugador importante desde la jerarquía futbolística y desde la personalidad que tiene para el grupo. Necesitamos de esa experiencia y ese consejo porque tenemos muchos jugadores jóvenes; Suso colabora mucho en el día a día”, había expresado el entrenador. El DT, que construye sus equipos desde el orden y la voz de mando, pierde a su general en el campo.
Pocas opciones
Con un tiempo estimado de recuperación de seis a ocho meses, el 2026 prácticamente se terminó para el zaguero. Esto obliga al cuerpo técnico y a la dirigencia a una reconfiguración inmediata. El primer nombre en el radar es Luciano Vallejo, quien asoma como la opción más lógica por naturaleza: es zurdo y fue el elegido por el “Emperador” para quemar las naves en el Monumental. Más atrás corre Gianluca Ferrari, quien hasta ahora no ha logrado seducir al técnico para entrar en la rotación principal.
Sin embargo, el vacío que provoca la baja de Suso parece ser demasiado grande para llenarlo sólo con lo que hay en casa. Los días de “pre-pretemporada” previos al receso de junio serán un laboratorio de pruebas. La comunicación entre Falcioni y la dirigencia será determinante; de esa evaluación decantará la búsqueda de un refuerzo en el mercado de pases que no sólo aporte quite, sino que intente heredar esa personalidad que hoy el equipo podría perder por el resto del año.
Así, Atlético regresa a Tucumán con el pecho inflado y los tres puntos que parecían imposibles bajo el brazo, pero deja en el Monumental la rodilla de uno de sus guerreros más fieles. Si la victoria en Núñez es el punto de inflexión que el grupo necesitaba para convencerse de que puede alejarse definitivamente de los puestos de descenso -y, por qué no, permitirse soñar con objetivos más ambiciosos en el segundo semestre-, la historia recordará que el precio de esa redención fue el sacrificio de uno de sus líderes defensivos.

