La espera terminó en un estallido de felicidad. Apenas el árbitro João Pinheiro marcó el final del partido, miles de tucumanos abandonaron sus casas y se lanzaron a las calles para celebrar la clasificación de la Selección argentina a las semifinales del Mundial 2026, luego del agónico triunfo por 3 a 1 frente a Suiza.
Los bocinazos comenzaron a escucharse desde todos los rincones de la provincia. A ellos se sumaron las bombas de estruendo, las banderas asomando por las ventanillas de los autos y los abrazos entre vecinos que compartían una misma emoción. El destino era uno solo: Plaza Independencia, que volvió a convertirse en el gran punto de encuentro de los hinchas.
En cuestión de minutos, el principal paseo de San Miguel de Tucumán quedó colmado por familias, grupos de amigos y fanáticos de todas las edades. Camisetas albicelestes, gorros, cornetas y banderas pintaron de celeste y blanco una noche que quedará en el recuerdo de los tucumanos.
Desde el inicio del festejo se desplegó un importante operativo policial. Efectivos de distintas divisiones custodiaron los alrededores de la Casa de Gobierno y controlaron el ingreso al paseo para evitar el ingreso de bebidas alcohólicas, mientras la celebración transcurría con normalidad.Entre los primeros en llegar estuvieron Ariel Alarcón, su mamá Ramona González y su hijo Agustín, una familia que vive cada partido de la Selección siguiendo un estricto ritual.
«No nos ponemos la camiseta ni tocamos la corneta antes de que termine el partido. Recién con el tercer gol sentimos que podíamos salir. Dejamos el televisor prendido y vinimos corriendo», contó Ariel, todavía emocionado.
A pocos metros, Álvaro Pérez y Cristian Quiroga repasaban cada instante del encuentro.
«Terminamos festejando hasta los despejes de Otamendi como si fueran goles», comentó Álvaro entre risas.
Cristian, por su parte, ya pensaba en el próximo desafío: «Inglaterra tiene un gran equipo, pero Argentina también. Tenemos confianza».
La fiesta fue creciendo minuto a minuto. Primero aparecieron las vuvuzelas y las banderas. Luego, una enorme bandera argentina recorrió la plaza sostenida por decenas de personas. Pero el verdadero punto de inflexión llegó con los bombos.
Los estudiantes de la Escuela Normal Bautista Jerez y Santino Manrique comenzaron a tocar y, casi de inmediato, cientos de personas formaron una ronda para cantar clásicos como «Muchachos» y «El que no salta es un inglés».
Las bengalas celestes y blancas iluminaron la noche, mientras otros jóvenes se sumaban con bombos y redoblantes. El pogo, los abrazos y los cánticos hicieron desaparecer por un rato el sufrimiento acumulado durante los más de 120 minutos que duró el partido.
Entre la multitud también estaba Camila Portuese, de 22 años, quien había seguido el encuentro junto a su familia en la pantalla gigante instalada en el Parque Avellaneda.
«Pinché una goma del auto antes del partido y encontré una vincha y una bandera que tenía guardadas. Las llevé por casualidad. Lo más increíble es que había dicho que ganábamos 3 a 1… y así fue», relató entre sonrisas.
Después llegó la inevitable referencia a la semifinal.
«Contra Inglaterra va a ser un partido muy difícil, pero tengo mucha fe en esta Selección», aseguró.
Cuando la Plaza Independencia comenzó a vaciarse, la celebración simplemente cambió de escenario. Los bombos encabezaron una caravana por calle 25 de Mayo hasta la esquina de Mendoza, donde cientos de personas continuaron cantando y bailando alrededor de un parlante.
La clasificación llegó cerca de la medianoche, pero la fiesta se extendió hasta el amanecer. Tucumán volvió a demostrar que cada triunfo de la Scaloneta se vive como propio y que, cuando la ilusión mundialista sigue intacta, ninguna noche alcanza para celebrar.

