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sábado, abril 18, 2026
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De El Mollar al Atahualpa Yupanqui: Adriana Rojas sube al escenario mayor de Cosquín con su violín y su raíz vallista.

Apenas pasadas las doce, cuando Cosquín cambia de piel y la séptima Luna entra en su tramo más esperado, Adriana Rojas volverá a pisar el escenario Atahualpa Yupanqui. No será una aparición más: la violinista y cantora vallista será la única representante tucumana que este año subirá al escenario mayor como figura central, en una actuación televisada en directo por la TV Pública y con una grilla que tendrá, después de ella, al Chaqueño Palavecino.

El dato no es menor. En un festival que marca pulso y legitimación dentro del folclore argentino, Tucumán vuelve a decir presente casi en soledad. Antes lo hicieron Nacho Cuellar y Adriana Tula como invitados; Melina Cabocota lo hará en la Cacharpaya de madrugada. Pero esta noche, el foco estará puesto en Rojas y en un recorrido que combina persistencia, formación y una identidad musical construida lejos de los atajos.

“Vivo en El Mollar, en Tafí del Valle, y durante años viajé hasta cuatro veces por semana a San Miguel de Tucumán para estudiar música en el Conservatorio Provincial y formarme con Fernando Matos”, repasa. Ese camino la llevó luego a integrar la Orquesta Juvenil de la UNT, una experiencia que amplió su universo sonoro y fortaleció un estilo que dialoga entre lo tradicional y lo instrumental. “También me animé a la composición y a escribir mis propias canciones”, cuenta.

Cosquín no es una postal nueva en su historia. Llegó por primera vez hace diez años, cuando todavía no tenía edad para participar del festival ni de los espectáculos callejeros. “Actué en una peña y fue mi primer contacto con ese lugar enorme. La emoción sigue intacta”, recuerda. Desde entonces, cada paso fue una siembra: en 2019 fue invitada por Bruno Arias; en 2023 interpretó el Himno Nacional; en 2024 y 2025 participó de la Cacharpaya. “Todo eso me preparó para este momento. Nada fue casual”, resume.

Hoy habla de Cosquín como de un segundo hogar. “Es una ciudad atravesada por la historia del folclore. Pensar que por esas mismas calles caminaron Mercedes Sosa, Horacio Guarany y tantos otros es algo que se siente en el cuerpo. El escenario mayor tiene una energía única, una mística que se construyó con el alma de nuestros referentes”, dice.

Esa carga simbólica atraviesa también el show que presentará esta madrugada. Estará acompañada por Matías Rojas, Mariano Mahmud, Roberto Calizaya y Adonis Mamondes, una formación que refuerza el perfil andino de su proyecto, con un guiño explícito a su homenaje a Los Kjarkas. “Es un momento de mucha gratitud: por el camino recorrido, por mi familia, por los amigos y por quienes hoy me acompañan arriba del escenario”, destaca.

El repertorio será una síntesis de su recorrido. “Elegí canciones que marcaron momentos importantes de mi carrera y que también forman parte de la historia musical nacional. Hay una búsqueda identitaria norteña, muy ligada a los paisajes y a la esencia de nuestra región, aunque también habrá lugar para el litoral”, anticipa. Su identidad, aclara, no responde a una sola línea: “Me siento muy atravesada por lo instrumental, por referentes como Sixto Palavecino y por todo lo que aprendí de Matos como violinista”.

Con dos discos editados —Soy tierra latiendo y Lazos del tiempo— y un tercero en proyecto, Rojas también pone el foco en una cuestión estructural: la escasa inserción sostenida de artistas tucumanos en los grandes escenarios del país. “No es falta de talento, es la ausencia de una red real de acompañamiento. En otras provincias hay articulación entre colegas, medios e instituciones. En Tucumán, cada uno hace su camino como puede y muchas veces hay favoritismos”, plantea.

En una década de carrera, asegura, nunca contó con apoyo estatal provincial. “Hay un patrón histórico de minimizar y silenciar a los artistas. La historia de Mercedes Sosa muestra que estas dinámicas vienen de lejos y no terminan de cambiar”, reflexiona. Sólo recibió un aporte del Instituto Nacional de la Música en 2022 y apoyos puntuales de la Municipalidad de Tafí del Valle.

Por eso, volver a Cosquín tiene un valor especial. “Es la capital nacional del folclore, un lugar donde todo lo que sucede tiene repercusión en el país. Asumo mi carrera con mucha responsabilidad, porque este género tiene una historia enorme”, afirma. Y proyecta: “Mi sueño es consolidarme a nivel nacional. En 2026 quiero empezar a recoger todo lo que vengo construyendo”.

Esta madrugada, cuando el violín empiece a sonar en la plaza Próspero Molina, no será sólo una actuación. Será el resultado de años de trabajo silencioso y la confirmación de que, aun sin respaldo estructural, el folclore tucumano sigue encontrando su lugar en el escenario más emblemático del país.

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