El avance del chikungunya en Tucumán expone una realidad que va mucho más allá de lo estrictamente sanitario. Aunque el mosquito *Aedes aegypti* es el vector de la enfermedad, especialistas advierten que su proliferación está profundamente ligada a factores sociales, urbanos y ambientales que configuran un escenario propicio para los brotes.
“El chikungunya no puede explicarse únicamente por la presencia del mosquito”, sostiene Giselle Rodríguez, investigadora y docente de la Facultad de Ciencias Naturales de la UNT. Detrás de cada caso, señala, hay variables estructurales: acumulación de basura, falta de acceso constante a agua potable, canales contaminados, urbanización sin planificación y desigualdades persistentes.
El Aedes aegypti tiene una característica clave: es doméstico. Habita dentro o en los alrededores de las viviendas y aprovecha cualquier recipiente con agua estancada —desde una tapita de gaseosa hasta una pileta sin mantenimiento— para reproducirse. En ese contexto, el crecimiento urbano desordenado se convierte en un aliado involuntario del mosquito. “A medida que el humano vaya avanzando, el mosquito va a ir avanzando también”, advierte Rodríguez.
Un patrón que se repite
Los datos epidemiológicos muestran que la distribución de los casos no es aleatoria. Ya en 2020, durante un brote de dengue, investigaciones en las que participó Rodríguez detectaron una mayor incidencia en zonas periféricas, especialmente en el sur de la capital tucumana. Hoy, el patrón se repite con el chikungunya.
Según informes recientes del Ministerio de Salud Pública provincial, los barrios del sur vuelven a concentrar la mayor cantidad de contagios. “Coinciden con poblaciones que tienen menores condiciones socioeconómicas y donde hay presencia de microbasurales”, explica la especialista.
La situación se agrava en áreas cercanas a canales. Si bien estos no son, por sí mismos, criaderos naturales del mosquito, la interacción humana los transforma. La acumulación de residuos y su uso como extensión del espacio doméstico generan condiciones ideales para la reproducción del vector.
La enfermedad no distingue clases
A pesar de su mayor impacto en zonas vulnerables, el chikungunya —al igual que el dengue— no discrimina. “*Aedes aegypti* no discrimina”, remarca Rodríguez. De hecho, en estudios previos se identificaron focos incluso en countries y barrios de alto nivel socioeconómico.
En estos casos, los criaderos adoptan otras formas: fuentes ornamentales, canaletas, cisternas o elementos decorativos que acumulan agua. La diferencia no está en la presencia del riesgo, sino en las condiciones que facilitan su control.
El peso de la planificación urbana
Desde una mirada urbanística, la problemática también tiene raíces estructurales. La arquitecta Agustina Ramón propone hablar de falta de planificación más que de “desorden”. Según explica, hay sectores que son más vulnerables por su ubicación y condiciones estructurales.
El sudeste de San Miguel de Tucumán, por ejemplo, es la zona más baja del área metropolitana y funciona como desagüe natural. “Ante la falta de infraestructura, es un lugar más expuesto a todo tipo de riesgos, incluidos los sanitarios”, señala.
Para la especialista, el crecimiento urbano sin previsión agrava estos problemas y vuelve indispensable pensar en políticas de inversión sostenidas y con proyección a largo plazo.
Una problemática multidimensional
La epidemióloga Andrea María Lascano insiste en que las enfermedades transmitidas por mosquitos no tienen una única causa. “Entran en juego muchas dimensiones: el desorden urbano, social y ambiental”, afirma.
Sus investigaciones evidencian la relación directa entre factores sociales —como el nivel socioeconómico— y ambientales —como la presencia de baldíos o basurales— con la incidencia del dengue, un patrón que también se replica en el chikungunya.
Lascano subraya la necesidad de abordar estas epidemias con equipos intersectoriales, que no se limiten al ámbito sanitario. También plantea un desafío clave: la baja participación comunitaria en la prevención.
“No se puede exigir compromiso cuando hay necesidades básicas insatisfechas. Si falta agua, comida o trabajo, eliminar criaderos no es una prioridad”, explica.
Una deuda estructural
El debate remite a una idea histórica del sanitarista argentino Ramón Carrillo, quien advertía que las enfermedades vinculadas a la pobreza tienen raíces más profundas que los propios agentes patógenos.
En Tucumán, el avance del chikungunya vuelve a poner en evidencia esa realidad: combatir al mosquito es necesario, pero insuficiente. Sin mejoras en las condiciones de vida, planificación urbana y acceso a servicios básicos, el terreno seguirá siendo fértil para nuevas epidemias.

