Hay derrotas que duelen. Y hay derrotas que, con el paso del tiempo, se transforman en abrazos. La del Mundial 2026 será una de ellas.
Porque sí, duele. Duele haber estado tan cerca del bicampeonato. Duele que el sueño se haya escapado en el alargue y por la mínima diferencia. Duele imaginar una cuarta estrella que parecía extender sus brazos desde el horizonte del MetLife Stadium. Duele ver a Lionel Messi con lágrimas en los ojos, a Lionel Scaloni quebrarse en una conferencia de prensa y a millones de argentinos buscando explicaciones donde, quizás, no las haya.
Pero hay una verdad que ninguna derrota puede cambiar: esta Selección ya es eterna.
Argentina cayó 1 a 0 ante España en la final del Mundial 2026 después de jugar más de 120 minutos de batalla futbolística. Resistió con un hombre menos tras la expulsión de Enzo Fernández y peleó hasta la última pelota. No alcanzó. El fútbol también tiene estas historias y esta vez le tocó perder a la Albiceleste.
Sin embargo, sería injusto que el último resultado nos impida mirar el camino recorrido.
La generación que nos enseñó a creer
Cuando Lionel Scaloni asumió como entrenador de la Selección Argentina pocos apostaban por él. Era un desconocido para muchos y un interinato para otros. Las críticas fueron despiadadas y las dudas parecían infinitas.
Lo que vino después ya pertenece a las páginas más gloriosas del fútbol argentino.
Llegaron la Copa América del 2021 en el Maracaná ante Brasil. La Finalissima frente a Italia. La Copa América 2024 en los Estados Unidos. El inolvidable Mundial de Qatar 2022. Y ahora un nuevo subcampeonato mundial que, lejos de representar un fracaso, confirma algo mucho más importante: la permanencia en la élite del fútbol mundial.
Cinco finales disputadas. Cuatro títulos conquistados. Dos Copas América, una Finalissima, una Copa del Mundo y un nuevo subcampeonato mundial. Un ciclo que todavía emociona y que difícilmente encuentre comparación en la historia moderna del fútbol argentino.
Pero reducir todo a los títulos sería quedarse a mitad del camino.
Mucho más que fútbol
Esta Selección consiguió algo que no figura en las estadísticas. Volvió a unir a los argentinos detrás de una camiseta. Nos hizo llorar abrazados con desconocidos en las calles, detener nuestras obligaciones por noventa minutos y creer que, por un instante, era posible olvidarse de las malas noticias para cantar un gol de Messi.
Nos regaló imágenes que quedarán para siempre. Las caravanas interminables tras Qatar, las plazas colmadas en cada rincón del país, los niños que eligieron a Messi como su primer gran ídolo y los abuelos que volvieron a emocionarse recordando a las selecciones del ’78 y del ’86.
Esta Scaloneta nos enseñó que se puede ganar, pero también perder con dignidad. Que el éxito no siempre se mide en estrellas bordadas sobre el escudo, sino también en el legado que se deja detrás.
Gracias por volver a ilusionarnos
Quizás dentro de algunos años nadie recuerde quién convirtió el gol de la final en Nueva Jersey. Pero sí recordaremos dónde estuvimos cuando Argentina levantó la Copa América en el Maracaná, cuándo nos abrazamos después del penal de Gonzalo Montiel en Qatar o cómo miles de tucumanos colmaron las calles soñando con una nueva conquista mundial, cuando le ganamos a los Ingleses, en un partido épico e inolvidable.
Recordaremos a Messi sonriendo con la Copa del Mundo entre sus brazos y a Scaloni emocionándose cada vez que habló de este grupo. Recordaremos que durante casi una década esta Selección nos acostumbró a competir hasta el final, sin importar el rival ni el escenario.
Por eso, cuando el dolor de la derrota se convierta en recuerdo, probablemente entendamos que el verdadero triunfo de esta generación fue otro: devolvernos la ilusión.
Esta vez no pudo ser. El fútbol quiso que la copa viajara hacia otro destino. Pero ninguna derrota podrá quitarle a esta Selección el lugar que ya conquistó en el corazón de los argentinos.
Gracias, Scaloneta. Gracias por las alegrías. Gracias por las lágrimas. Gracias por enseñarnos que siempre vale la pena volver a creer.
Porque las finales pueden ganarse o perderse. La grandeza, en cambio, es para siempre.

