A veces el fútbol no premia lo mejor hecho, sino lo último intentado. San Martín se aferró a eso en San Juan: a la insistencia, al empuje y a una cuota de fortuna que apareció justo cuando el partido se le escapaba. El 1 a 1 final frente al Verdinegro no se explica desde el juego, sino desde la resistencia.
El equipo de Andrés Yllana estuvo lejos de su mejor versión, incómodo durante gran parte del encuentro y superado en el mediocampo. Sin embargo, nunca dejó de buscarlo y encontró el empate en el último suspiro, cuando la derrota parecía sellada.
Un inicio que expuso viejos problemas
El partido arrancó cuesta arriba desde el primer tramo. San Martín de San Juan golpeó rápido, con una jugada simple pero efectiva que cruzó el campo de izquierda a derecha y terminó en el gol de Federico Murillo.
La acción dejó en evidencia una falencia recurrente: dificultades para cerrar los costados y sostener la concentración en los primeros minutos.
Yllana apostó por repetir el equipo que había respondido bien ante Nueva Chicago, pero el contexto fue otro. Y el rendimiento, también.
Un mediocampo dominado y un equipo partido
El Verdinegro entendió rápidamente por dónde atacar. Con Mercado, Acosta y González, se adueñó del mediocampo, manejó los tiempos y, sobre todo, logró desconectar a San Martín.
Kevin López quedó aislado, sin socios ni circuito. A partir de ahí, el equipo tucumano se estiró, perdió compactación y entró en un juego que no le convenía.
La pelota dejó de circular con criterio. Se volvió un ida y vuelta sin elaboración, donde San Martín siempre llegaba un paso tarde: a las segundas jugadas, a las coberturas y a las decisiones.
El primer tiempo dejó una imagen clara: un equipo superado, sin respuestas y lejos de su identidad.
Cambios y una leve reacción
En el complemento, Yllana movió el banco y buscó cambiar la dinámica. El ingreso de Matías García por Alan Cisnero aportó algo de pausa y mejor conexión entre líneas.
Sin ser dominante, San Martín empezó a insinuar una reacción. Lautaro Ovando fue uno de los más activos, atacando espacios y generando inquietud en la defensa rival.
El equipo creció, pero no lo suficiente. Porque cuando tuvo sus chances, falló.
La falta de eficacia que casi lo condena
Facundo Pons dispuso de dos oportunidades claras para igualar el marcador, pero no logró concretar. En partidos cerrados, esos detalles suelen ser determinantes.
Del otro lado, San Martín de San Juan hizo lo esperable: bajó el ritmo, administró la ventaja y llevó el partido a un terreno más favorable, donde el reloj juega a su favor.
Un final que cambió todo
Cuando el partido parecía definido, apareció el carácter. San Martín fue con lo que tenía: empuje, insistencia y decisión.
Y en la última jugada, tras una pelota parada, encontró el empate. Jorge Juárez empujó la pelota y desató un grito que fue tanto de desahogo como de alivio.
Un punto que suma, pero también advierte
El empate dejó sensaciones encontradas. Por un lado, el valor de no rendirse y rescatar un punto en un contexto adverso. Por otro, la evidencia de problemas que se repiten: falta de fluidez, dificultades en el mediocampo y dependencia de momentos aislados.
San Martín sumó en San Juan, pero también se llevó una lección. Porque no siempre habrá una última jugada para salvar la historia. Y porque, para sostener aspiraciones, necesitará mucho más que carácter.

